Bela Lugosi y el terror naive.

Bela Lugosi y el terror naive.

Ayer tuve un encuentro con Bela Lugosi. Decidí comprar un Ben&Jerry´s de chocolate y ver El fantasma invisible (1941) de Joseph H. Lewis.

Cuenta la historia de unos misteriosos asesinatos que tienen lugar en la mansión de un hombre muy influyente, que perdió la cabeza cuando su mujer se escapó con otro hombre. Él espera que regrese y la ve a través de la ventana algunas veces, entonces entra en un proceso de demencia que le impulsa a estrangular a cualquiera que se encuentre. Debido a una serie de desdichadas casualidades,  el novio de la hija del rico es declarado culpable de los asesinatos cometidos en la casa. Sin embargo, una vez ejecutado, continua habiendo crímenes.

Es una trama sin solidez que se pierde en numerosos agujeros negros. El guión tiene carencias y las reacciones de los protagonistas no tienen ninguna credibilidad. Tampoco hay verdadera intriga porque el misterio está resuelto desde el principio y, viendo la cinta, se le ocurren a uno mil maneras de haber creado suspense. Sobre todo eliminando secuencias que solo aportan confusión en 60 minutos de largo, o bien extendiendo la duración de la película para no dejar cojeando las motivaciones de los personajes.

Pero, a pesar de todo, es imposible no disfrutar viéndola. Bela Lugosi está magnífico, como siempre. Su mirada, la luz incidiendo siempre en esos ojos demenciales, dejando en penumbra el resto de su rostro. Sus manos, no ha vuelto a haber otras manos como las de Bela Lugosi.
Y, por encima de todo, la sensación de ver películas que dieron pavor en su día y que ahora inspiran algo de ternura. Fijarse en cada detalle estudiado para provocar miedo, secuencias creadas con mucha imaginación y pocos recursos. Poco más que la iluminación, la música y la interpretación de los actores. Muertes siempre fuera de plano, que, incluso hoy, son más efectivas que la evidencia de la sangre y la agonía de la víctima en primer plano.

Para pasar miedo hay un abanico amplísimo de películas buenas, malas y peores. Pero merece la pena (y mucho) apuntarse de vez cuando al terror naive. Y hacerse el ingenuo y dejarse envolver por la magia del verdadero cine, el de otra época que, incluso siendo mala, parece que fue mejor.

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