Archivos Mensuales: julio 2013

¨Laurence anyways¨: Vibración y desidia

Ayer entré en el cine sin saber qué iba a ver exactamente y me encontré un torbellino audiovisual y una expresividad narrativa extraordinaria. Pero también con 160 minutos de metraje de los que 60 son más que prescindibles.

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El largo (larguísimo) lo firma el canadiense Xavier Dolan. Un director, productor y actor que solo tiene 24 años y que ya no es un cineasta en potencia, sino uno de los realizadores más originales y controvertidos de Norteamérica y probablemente del panorama cinematográfico mundial (carente ahora mismo de lo que le sobra a Dolan). Tiene en su filmografía tres películas, todas premiadas aquí y allá, todas alabadas por la crítica y, aunque no siempre hayan sido entendidas, ninguna de ellas ha dejado indiferente al público.

Laurence anyways configura una atmósfera envolvente desde el primer minuto, pero es tan disfuncional como la pareja protagonista. La limpieza y la calidad de cada uno de los planos es irreprochable, igual que las actuaciones de los personajes que hilvanan la historia, merecedoras de halago sin duda. Pero la juventud de Dolan tenía que hacerse presente en algún momento y se nota en la injustificada duración de la película. La trama se podía haber resuelto en las dos primeras horas de reproducción, incluso menos, y el resultado hubiese sido el de una cinta que podríamos ver una y otra vez leyendo entre líneas y escuchando lo que no se dice. Pero peca de grandilocuencia alargando su obra en exceso, provocando exasperación  (al menos en mi caso) en los minutos finales.

La trama central es una locura de amor (en la que él, heterosexual, quiere convertirse en mujer pero seguir junto a su novia porque están profundamente enamorados) y tanto la planificación como el montaje acompañan la sensación de vitalidad, fervor, caos, confusión, rabia, miedo y pasión que transmiten los personajes. La transformación física de Laurence (Melvil Poupaud) evoluciona al ritmo de la relación con Fred (Suzanne Clement). Hay secuencias que, en sí mismas, constituyen una historia independiente con principio y final. Perfectas en forma y fondo, en las que planos, música, diálogo y puesta en escena forman una simbiosis total.

En algunos momentos, lo que veía en la pantalla me recordaba al Kubrick de los 70. La música (perfectamente escogida), es un personaje más que adquiere un protagonismo absoluto en muchas escenas, en las que el tiempo parece detenerse en ambientes  esperpénticos u oníricos dependiendo del momento.

Aquí el fotograma de una de mis preferidas:Imagen

 

 

 

 

Una auténtica lástima que sobren tantos minutos, es el único reproche que puedo hacerle a Dolan. Eso sí, deja imágenes, canciones y citas memorables, una película de sensaciones. Por mi parte tiene un 7,5. Casi notable alto.

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La genial entropía de Bolaño.

Utilizaré pocas palabras para explicar la grandeza de Roberto Bolaño. Descubrirlo fue un hallazgo genial (entiéndase genial atribuido, literalmente, a un genio), porque solo alguien con un dominio extraordinario de la palabra y un profundo conocimiento de la estructura narrativa puede deconstruirla como lo hizo él en su obra. Las novelas de este chileno afincado en Blanes son el resultado de haber metido en una coctelera a Cortázar y Borges con una pizca de esquizofrenia y muchos kilómetros recorridos huyendo y buscando, siempre escribiendo.

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Murió joven, para convertirse en un autor de culto, cuyas novelas son un reflejo distorsionado de lo que fue su juventud: Un caos de personajes, de tramas, todo en un desorden perfectamente ordenado… La explosión pasional por la vida al fin y al cabo.

Leí con con auténtica voracidad Los sinsabores del verdadero policía y al terminar guardé un día de luto antes  de comenzar Los detectives salvajesPuede que el Universo Bolaño llegara a obsesionarme, sobre todo el misterioso personaje Archimboldi cuya aparición es reiterada en sus textos, y también la mamá de los poetas real visceralistas Cesárea Tinajero. Es imposible no involucrarse con él en la búsqueda de nombres tan recurrentes, intentando encontrar un significado a cada uno de ellos.

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Desde hace unos meses 2666 me espera en la estantería, su gran obra póstuma, que escribió hasta que le llegó la muerte para asegurar un futuro a sus hijos (porque Bolaño empezó a comer de su arte muy tarde y nunca imaginó en vida que se convertiría en una de las joyas de Anagrama). Incluso apalabró con Herralde cómo debía publicarse la novela, pero por respeto al texto y con el consentimiento de los herederos, finalmente 2666 se configuró de forma íntegra, como un todo unificado en más de mil páginas.

De haber vivido más tiempo, seguro que observaría con incredulidad detrás de sus enormes gafas  el haberse convertido en un autor de lectura obligada en las universidades.

¨¿Qué hay detrás de la ventana?…

…Una estrella¨

Escenas míticas de la historia del cine. Parte II.

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La inolvidable secuencia en la que Harold Lloyd aparece colgado del enorme reloj del edificio Bolton en Los Ángeles, es y será siempre uno de los símbolos de la historia del cine.

El hombre mosca (1923) es una joya del cine mudo (pero en absoluto anticuada) que merece la pena destacar y poner en valor como una de esas historias que, en su esencia, no pueden pasar de moda. Es cierto que es un retrato de los felices años 20 y que el personaje de Lloyd emigra a la ciudad persiguiendo el sueño americano, pero tanto el guion como las actuaciones hacen que sea una comedia impecable y por ello atemporal. No adolece de chistes ingenuos para un público pueril, mas bien al contrario, es imposible verla entera sin reír en algún momento (o en varios) incluso ahora que ya lo hemos visto todo y que todo está inventado.

Por eso es una película de culto para varias generaciones. Y por eso Harold Lloyd es uno de los actores más queridos de todos los tiempos.

Siempre anochece. Incluso en la era del 2.0…

Después de haber visto Antes del amanecer  y  Antes del atardecer, era inevitable esperar con mucha expectación el cierre de la historia.

Lo cierto es que ver la primera película mucho antes de saber lo que significa la palabra enamorarse y  la segunda sin haber sentido la pérdida de tu alma gemela (de hecho, sin haberla encontrado),  predispone a creer que algunas experiencias vitales serán contempladas con un travelling y una pieza de jazz sonando de fondo. Claro que no…

En la era 2.0, en la vorágine de las RRSS, ahora que ya conocemos nativos digitales, parece prehistórico que dos jóvenes se enamoren durante un viaje en tren y no consigan contactar ni encontrarse en diez años. Puede que el romanticismo se haya diluido en esa nube invisible, detrás de las pantallas de nuestros ordenadores.

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Con  Antes del Anochecer  tengo la clara visión de haberme hecho mayor. La trilogía alcanza una madurez plena y brillante con la última parte, lejos ya de la ingenuidad, de las hormonas y de las situaciones idílicas de las anteriores. Y, sin saber lo que significa estar casada, sin ser madre, sin tener nada que ver con los protagonistas (porque como siempre, he llegado demasiado pronto a cada etapa vital que narra  Richard Linklater), me ha parecido la más completa de las tres. Eso sí, hay escenas que permanecerán en la memoria siempre: