Inside Joel and Ethan Coen

A principios de enero se estrenó en España “A propósito de Llewyn Davis” (Inside Llewyn Davis, 2013) precedida del éxito unánime entre la crítica y el público estadounidense. Y es que, esta película es la sublimación de cada uno de los personajes, situaciones y planteamientos anteriores de los hermanos Coen: Han logrado el equilibrio perfecto entre diálogos y silencios, entre el drama y el humor, la unión de lo anodino y lo esperpéntico.

El dueto formado por los hermanos Joel y Ethan Coen ha sido estudiado y analizado desde tantas ópticas, tantas disciplinas y tantos puntos de vista (a favor y en contra de sus discursos audiovisuales) que, al menos, hay un hecho que se rinde a la evidencia: Sus trabajos generan expectación y el resultado pocas veces deja indiferente.

En su último trabajo, los Coen han dado todo el protagonismo a otro antihéroe imparable, enfrentado a su destino y con unos principios sólidos (equivocados o no). Esta vez lo encarna un músico de folk, Llewyn Davis, al que amar y odiar a partes iguales durante la proyección. Un joven que vaga a cuestas con su guitarra y un gato, sin casa y sin dinero, apelando a la caridad de sus amigos y conocidos para tratar de sobrevivir al invierno. Un día decide enfrentar de una vez su destino y quizá madurar, así que juega su última carta viajando de los cafés del Village hasta Chicago, para intentar que el magnate de la música Bud Grossman le haga una prueba y lance su carrera.

Es una representación de “El Mito de Sísifo” de Albert Camus y también una Odisea moderna con un Ulises a la deriva luchando por volver a un hogar que ya no le pertenece. Además este Ulises camina en círculos, con la pesada piedra de Sísifo subiendo montaña arriba y dejándola caer de nuevo al llegar a la cima para volver a emprender la tarea una y otra vez. Como dijo Camus, la absurda carga que arrastra el individuo moderno.

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El binomio filosofía/cine del que se nutren las obras de los Coen lleva a unos resultados muy interesantes desde ambos puntos de vista. La influencia de la corriente existencialista, la filosofía de la religión y los valores éticos y morales del ser humano, están presentes prácticamente en todas sus películas; Por ejemplo en “El hombre que nunca estuvo allí” (The Man Who Wasn’t There, 2001) es inevitable evocar la obra  “El extranjero” de Camus, cuando el destino guía y enreda el devenir de los acontecimientos de tal forma que es imposible escapar, y al individuo solo le queda resignarse, aceptar que está sometido a fuerzas que no puede controlar ni cambiar y que el mero hecho de vivir es un callejón sin salida. En la oscarizada “No es país para viejos” (No country for old men, 2007) se halla la encarnación de la propia maldad, aparentemente sin sentido, en la increíble interpretación de Javier Bardem como un asesino jugando a ser Dios y decidiendo con una moneda (el destino y el azar) quién vive y quién muere, mientras el shérif intenta poner orden al caos para anticipar sus movimientos. “Un tipo serio” (A serious man, 2009) muestra a un perdedor buscando el sentido de la vida a través de la religión (judía), tratando de encontrar su lugar como ser-en-el-mundo.

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Tanto los temas que abordan, como el trasfondo ético-filosófico de sus guiones, están impregnados de uno de los sellos más característicos de la marca Coen: La fina ironía y el sentido del humor negro y ácido que les permiten ridiculizar situaciones dramáticas, y también radiografiar su propio país (Estados Unidos) y la religión en la que fueron educados (la tradición judía) para dejar en evidencia los sinsentidos e incoherencias tanto del dogmatismo como de la cultura del dinero.

Quizá la cinta que mejor refleje esta idea sea “El gran Lebowsky” (The big Lebowsky, 1998), (una de mis películas favoritas, confieso) y sin duda una sátira genial sobre el poder del dinero, el American way of life y los valores de la sociedad estadounidense.

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El fondo en su obra es uno de los aspectos que la hacen tan importante, pero no se puede dejar de lado la forma, porque si en algo son expertos los hermanos Coen, es en hacer que cada plano sea en sí mismo un discurso independiente y la parte de un todo. Es quizá el aspecto que más se critica, cuando muchos dicen aquello de que en las películas de los Coen “no pasa nada”, en realidad están pasando por alto algo que eleva la calidad de sus obras, la preferencia por los planos analíticos, la importancia de narrar mediante los detalles que capta la cámara sin que haga falta contarlos mediante el diálogo. A esto se le puede llamar la importancia de los silencios. Las acciones son lentas e incompletas, porque se presupone en el espectador la capacidad para completar los huecos. De esta forma, en “A propósito de Llewyn Davis”, la relación del protagonista con la novia desquiciada de su amigo (encarnada por Carey Mulligan) se cuenta mediante elipsis. Los hilarantes personajes que conducen a Llewyn hasta Chicago desaparecen igual que aparecieron, sin que el espectador sepa más de ellos que el propio personaje principal. Esto es así porque no necesitamos saber más, no es relevante para la historia, igual que sucede en la propia realidad, cuando nos cruzamos con cientos de personas que entran y salen de nuestras vidas en horas, días o años y de las que solo atrapamos la porción que hemos compartido con ellas.

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Porque en esta cinta la cámara se sitúa para parecer que no está, haciendo partícipe al público de la historia desde dentro. Así los hermanos Coen introducen y expulsan al espectador de la narración a su antojo, para que podamos ver lo que ellos quieren que veamos desde el punto de vista que han elegido para cada situación. Eso es maestría y talento desde el papel en el que se ha escrito el guión, hasta la sala de montaje, pasando por la silla del director.

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