“Aniquilación”, la joya de Ciencia Ficción que no verás en el cine

Cuando Álex Garland ideó Aniquilación (2018) y la llevó a cabo, no sabía que su distribución internacional se realizaría en la plataforma Netflix. El director asegura que no tiene nada en contra de la pequeña pantalla pero que, de haber sabido que medio mundo la vería a través de sus ordenadores, la hubiese concebido y rodado de manera distinta. Fue cosa de la productora, Paramount, que consideró esta adaptación de la novela de Jeff Vandermeer “complicada” para que el gran público la entendiera. Por eso vendió los derechos a Netflix y ahora todo el mundo puede disfrutarla en el salón de su casa o donde prefiera. Es una lástima que nos hayan privado de verla en la gran pantalla porque la apuesta estética es soberbia.

La historia narra cómo el ejército ha detectado la aparición de the shimmer (el resplandor) una suerte de campo de fuerza, originado por la caída de un elemento del espacio exterior, que se extiende día tras día.  Todos los equipos de investigación y militares que se han aventurado dentro de ese área desaparecen. Excepto un militar (Oscar Isaac) que regresa con una actitud muy extraña . Su mujer (Natalie Portman), ex militar y además bióloga, formará parte de una nueva expedición para averiguar qué sucede con ese fenómeno. En este equipo, y esto sí es una novedad, solo hay mujeres (Jennifer Jason-Leigh, Tuva Novotny, Tessa Thompson y Gina Rodriguez). Abro paréntesis aquí para realizar un apunte: tener un reparto femenino y además presentando variedad étnica y sexual sin que esto constituya el eje central de la trama, no es que provoque que la película en sí sea mejor o peor, pero es una apuesta valiente en un género que suele estar comandado por hombres y, por tanto, marca una diferencia.  Volviendo a la historia, la expedición descubre que en la zona que abarca el resplandor se están produciendo mutaciones genéticas que afectan a cualquier ser vivo que se encuentre dentro del área. Esto dará lugar a escenas de gran tensión y tendrá consecuencias imprevistas.

La trama se desarrolla en tres tiempos, el presente y dos momentos del pasado a través de la mirada de la protagonista. La construcción del personaje principal que interpreta Natalie Portman es quizá el aspecto que más cojea en la cinta, porque el espectador no llega a identificarse con ella ni a comprender sus motivaciones, aunque, lo que en un primer momento parece un arrebato romántico en ella, derivará en la más pura redención y expiación de la propia culpabilidad. El ritmo de la película tampoco ha gustado a quienes esperaban sobresaltos y un gran despliegue de acción, porque estamos ante una narración de ritmo sintético más pausada y reflexiva. Poco frecuente (o tal vez no tanto) en el cine de este género.

En cuanto a la atmósfera que genera, Garland no ha dejado nada al azar, cada elemento que configura el universo de “Aniquilación” tiene un sentido y un por qué y los efectos visuales se despliegan exuberantes pero contenidos, para no empachar al espectador. No hay nada de más, todo proporciona información al espectador sobre lo que está viendo. En definitiva, una película notable del género que, por suerte y por desgracia, solo podremos ver en la pequeña pantalla. Eso sí, desde el día 12 de marzo está al alcance de cualquiera en Netflix.

 

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La “Patria” que golpea

Hace unas horas que he terminado de leer Patria (Tusquets Editores, Barcelona, Septiembre de 2016, 648 págs.) de Fernando Aramburu y me ha quedado una enorme sensación de orfandad. Y es que he pasado siete días acompañando, a través del pasado y del presente, a las dos familias protagonistas de la novela. No solo me ha gustado, me ha encantado. En cuestiones estilísticas y formales es excelsa. Solo un maestro de la narrativa puede manejar el lenguaje y los tiempos verbales como lo ha hecho Aramburu con su Patria. Perfilar a los personajes a través de una sola frase, componerlos a través de sus rutinas y dibujar un micro cosmos en el que se representa todo un pueblo no está al alcance de cualquiera. Así es como plasma los años de plomo de ETA  y la vida cotidiana en un pueblo de Guipúzcoa donde la mayoría, bien por miedo o bien por convicción, arropaba la lucha armada para conseguir la independencia de Euskadi.

Aramburu ha compuesto una novela dura e incómoda. Ha descrito con justicia el qué, el cómo, el cuándo y el quién, sin detenerse a juzgar comportamientos. Pero no creo que se trate de “una visión aséptica” del conflicto en Euskadi, tal y como defienden un buen número de críticos y también parte del público. Aramburu gestó a sus personajes sabiendo que algunos provocarían más empatía entre los lectores y que otros despertarían más aversión y, por tanto, el mensaje que lanzan unos y otros no tiene el mismo peso, no se acepta de la misma manera. Por eso, si hay un pero que ponerle a Patria es que reduzca al militante de ETA al perfil de un chaval “brutote” con poco cerebro, que no tiene herramientas intelectuales y que no comprende la discusión política, que se entrega a a las armas porque le han inoculado (otros, no se profundiza en ellos) que es necesario liberar al pueblo vasco del estado opresor. Hay otros militantes más intelectuales, pero pasan de puntillas por la novela y es en ese punto en el que, tal vez, hubiese sido necesario ahondar e incidir para comprender. La otra defensora acérrima de la causa de ETA es la propia madre de este militante, una mujer adusta, fría e insoportable que se torna radical de la noche a la mañana, apoyando de forma incondicional a su hijo y justificando sus actos continuamente.

Pero esto no impide que se trate de una grandísima obra literaria, porque relata una parte de nuestra historia reciente a través de la intrahistoria, esa que tanto le interesaba a Unamuno, la que hace la gente corriente con sus costumbres y sus rutinas, sus acciones, sus palabras y sus silencios. La que no saldrá nunca en los libros de texto y la que debe guardarse en la memoria colectiva.

Lovesick, ya en Netflix para maratonear

Después de ver todas las series de visión obligada que ofrece Netflix, muchos de ellos en tiempo récord como me ha ocurrido con la inmensa Master of none, llegó ese momento de vacío repasando todo el catálogo sin ser capaz de decidirme por ninguna (las sugerencias de compatibilidad que señalaba para mí la plataforma no acertaban). Y, de pronto, sin haber leído ninguna reseña y sin tener ideas preconcebidas sobre Lovesick, me la encontré y pulsé ok. Acierto.

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Evie (izq.), Dylan y Luke

Esta serie inglesa, cuya tercera temporada acaba de estrenarse en enero en Netflix, tiene un punto de partida que a todo buen seriéfilo le atraerá por ser un poco gamberro: El protagonista, Dylan (Johnny Flynn) descubre que padece una enfermedad de transmisión sexual y emprende la tarea de localizar a todas las mujeres con las que se ha acostado durante los últimos años para advertirles de que podrían haberla contraído. La trama se desarrolla a través de los flashbacks de cada una de esas relaciones intercalados con el momento presente, permitiendo conocer en profundidad a cada personaje y entendiendo qué sucesos del pasado les han llevado a ser lo que son en la actualidad. Pero Lovesick ofrece mucho más que la ajetreada vida sentimental de Dylan y es más que su historia con Evie (Antonia Thomas) y eso es gracias a los maravillosos personajes Luke (Daniel Ings), el mejor amigo de Dylan y Evie con quien comparten piso, y Angus, (Joshua McGuire).

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Angus (izq.), Dylan, Evie y Luke

Sabemos que la fórmula del grupo de amigos jóvenes que convive y que no tiene muy claro hacia dónde encaminar su vida, funciona. En este caso, funciona muy bien. Porque añade otros dos ingredientes que también son un éxito: la historia de amor “imposible” entre Dylan y Evie, estirándose como un chicle, y un aliño indispensable, el humor. A todo ello se suma una realización sin pretensiones, íntima, personajes humanos, lejos de la idealización y distanciados de los cánones habituales. Cada episodio es una pildorita de menos de media hora que además incluye un repertorio musical de muy buen gusto. No adoctrina, no es pretenciosa, no vende humo. Es un retrato cómico y trágico de las emociones humanas, de las dudas, de los errores, del proceso de madurar

La recomiendo porque sé que os hará felices durante el ratito (o ratazo) que paséis viéndola.

Amar y odiar a Alyssa. Y necesitarla

Una de las sorpresas que me ha traído Netflix este año es la serie The end of the fucking world (2017). Creo que asistimos a la edad de oro de las series y llevo un tiempo consumiendo obras de mucha calidad, pero esta ha captado mi atención, sobre todo, por el personaje femenino protagonista, Alyssa (interpretado por Jessica Barden). En esta reformulación postmoderna de Bonnie and Clyde, Alyssa no solo es adorable e insoportable al mismo tiempo, es hoy necesaria.

Aunque su compañero masculino o partner in crime, James (Alex Lawther), es quien arranca la trama, el personaje de Alyssa es el motor de cada acción y quien reivindica sin caer en lugares comunes ni en discursos pretenciosos el empoderamiento femenino. Es difícil pasar por alto la naturalidad con la que le viene la regla en medio de ninguna parte y sin disponer de tampones, ni compresas, ni dinero. Cómo se aleja de estereotipos y la vemos comiendo, engullendo y disfrutando de su glotonería sin estereotipar. O cómo es ella la que, en dos ocasiones, se niega a practicar sexo en el último momento y cómo los chicos respetan su decisión. Porque no es no. Y quien se pasa de la ralla acaba en el hoyo.

También sus looks son maravillosos porque acompañan su arco de transformación personal. Añade y se desprende de ciertas prendas y cambia su color de pelo según avanza la narración y le van sucediendo acontecimientos que cambian su forma de ser-en-el-mundo y, por tanto, su aspecto.

No diré que la serie, disponible en Netflix, ofrezca algo original porque cada escena la hemos visto antes. Hemos contemplado a James y Alyssa en Pulp Fiction (1994), en Submarine (2010), en Dexter (2006-2013) o, como mencionaba al principio, en la historia de los prófugos Bonnie and Clyde. Con otros rostros, en otras circunstancias y en otro tiempo. Sin embargo, la suma de todo ello en la serie ha dado como resultado una combinación ganadora.

Tampoco negaré que decepciona conocer en profundidad a los personajes y asistir con cierto pesar al desvanecimiento de sus máscaras, tras las que solo se esconden dos adolescentes inadaptados y problemáticos, con sus miedos e inseguridades. Como todos, solo que elevando hasta el absurdo cada planteamiento y haciendo de cada secuencia algo esperpéntico que engancha. Y esa fascinación la provoca, en un 90%, Alyssa. Queremos más personajes femeninos de ficción así. O más ficciones con personajes femeninos como ella.

Divagación prescindible #2. La generación del reciclaje.

Ultimamente he pensado mucho en los rasgos distintivos de mi generación y siempre llego a un paraje desolador. Los niños de los 80 y de los 90, los adolescentes del 2000, los jóvenes que no terminan de ser adultos, adultescentes, los que estamos acostumbrados a ir a peor, los que no viviremos mejor que nuestros padres a pesar de estar infinitamente más formados que ellos.

Esos, nosotros, los eternos becarios, los que masificamos las universidades creyendo que estudiar nos aseguraba un proyecto de vida, los que supimos que “recesión” era un eufemismo cuando acabamos la carrera, los que vimos cómo llamarlo “crisis” solo sirvió para agravarla. Los que lo hemos tenido todo y lo hemos perdido con los años. Los que vemos cómo las mejores mentes de nuestra generación no son destruidas por la locura como dijo Ginsberg, sino que trabajan en un Burguer King. Los que hemos aprendido a reinventarnos en tiempo récord para tener un trabajo. Los que hemos cobrado más en negro que en blanco, los que hemos salido de casa con pesetas y hemos vuelto con euros, las víctimas de Facebook y de Infojobs, los emprendedores por imperativo gubernamental.

Entré en la Facultad de Periodismo creyendo que mi profesión sería la de periodista. Desde que terminé de estudiar he sido tantas cosas como me han pedido que fuera, me he adaptado a lo que se necesitaba porque no había posibilidad de ser nada más. Desde que terminé de estudiar me he “reciclado” tantas veces que ya no sé cuál es mi materia original. Ojalá fuese solo cosa mía, por inquieta. El problema es que somos toda una generación “reciclada”. Reciclamos sueños, promesas, expectativas y proyectos vitales. Una y otra vez.

Recupero aquí la reflexión que hice con el artículo de Play Ground “Mi generación hace cosas muy raras”. Salud.

“Mi generación es extraña.
Somos extraños. Queremos ser Amelie esnifando farlopa (en el mejor de los casos) en un retrete. Queremos ser Audrey Hepburn conduciendo un Delorean. Estamos perdidos, embebidos en la red y a la vez ávidos de hacernos cortes en los dedos pasando las hojas de los libros de Nietzsche, anhelando épocas que añoramos pero que no hemos vivido. Escuchamos a los Death Kennedys en SpotiFy en nuestra tablet y reducimos el amor a emoticonos estúpidos que enviamos por whatsapp.
Y es que en el fondo peleamos por ser nosotros mismos en un mundo superconectado y supercompetitivo, en el que el “yo” se antepone a cualquier otra cosa, excepto a la colectividad de una tribu urbana y digital. En el fondo pasamos de hamburguesas y queremos comer lo que comían nuestros bisabuelos aunque lo hagamos subiendo una foto a Instagram.
En el fondo queremos salvarnos de la falta de fe en lo inmaterial y de la llegada de los extraterrestres.

Sí, en el fondo mi generación es estúpida y rara y fascinante.”

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Quiero ser joven y poeta y ‘panker’, joder

Poetas y jóvenes y con espíritu punk en el siglo XXI

Lo comparto porque inspiran. Lo comparto porque es muy difícil ser mujer y destacar en el mundo literario si no es haciendo novelas frívolas o historias planas sobre amores aburridos y porno descafeinado.

Lo comparto sobre todo por Berta García Faet, y porque me da mucha envidia buena no haber sido yo la autora de un poema en concreto.

Y lo comparto porque leyendo he vuelto  a una habitación grande y luminosa y fría y calurosa en un séptimo piso de una calle de Madrid. Y porque todo lo que fui ya no soy. Y porque todo lo que soy ahora no lo fui antes.

Y porque no sé quién era la que se fotografió en el espejo de la habitación grande y luminosa y fría y calurosa en aquel séptimo piso de una calle de Madrid. Pero ahora me veo frente a otro espejo y frente a otra persona.

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Y comparto este poema de Berta García porque no lo he escrito yo, pero ha habido algo de magia y siento muy mías estas palabras. Bravo.

“yo que opino que la hipermetropía es una manera legítima de existir y que intento ser buena persona y que estudio mucho ética y metaética y yo que lloro mucho con David Hume y con los galgos maltratados y con los viejos maltratados y con la contaminación de las heces de las gallinas y sus obscenas celdas del tamaño de un folio A-4 y sus viscosas fiebres del tamaño de un subcontinente y yo que creo en los tirabuzones de los páramos y yo que ignoro todo y que me pregunto qué hacer sin lenin y sin cielo qué hacer con el mundo y su cabello cardado y reseco y cómo tocar sus huesos arcaicos y su praxis y el humo de su belleza impenetrable y yo que siempre siento la presencia de un muro fratricida del sabor umami de la leche cuando quiero verter una palabra amable y desaliñada en la gorra entreabierta del mendigo o del músico y yo que sé bastante del amor y que lucho activamente aunque con sueño o con sueños excesivos a favor de la pandemia global de perdón y de esperanza que arrase el planeta tierra tal y como lo desconocemos de una vez por todas y yo que sueño excesivamente sueños de carácter excesivamente erótico y a veces perverso y abrupto y que nunca le perdonaré a mi especie Auschwitz Rosa Parks el Estado-Nación el dinero el niño muerto y yo que olvido mucho y que propongo encender una vela con todos vosotros juntos para recordar todos nuestros olvidos y yo que hurgo en la ranura del logos y no encuentro nada y yo que tengo un progenitor A y un progenitor B y un hermano y una hermana y yo que aun así ignoro todo de la muerte y me pregunto qué cantar cuando anochece y qué cantar que no insulte al famélico o al translúcido o a la mujer bajo las piedras del odio y yo que tirito con virginal desasosiego en el instante crítico de tener que elegir un campo cromático favorito o un animal favorito o un juicio moral verdadero tan sólo un juicio moral verdadero yo me río un poco con envidia un poco con amargura sí lo admito me río un poco con amargura un poco con envidia un poco con un poco de resentimiento sí de la seguridad ontológica del hombre medieval, qué enternecedor es, qué enternecedor”.

Divagación prescindible #1: Los Monstruos Molan

Detrás de la afirmación “los monstruos molan” se esconde un hecho trascendental: Aceptar la imperfección, convivir acogiendo los propios defectos y querer nuestros miedos.

¿Por qué todo el mundo debería amar sus miedos? Porque son únicos, porque nos hacen singulares, especiales y nos plantean retos. Porque temer es una prueba de falibilidad y aceptar que no somos infalibles es lo que nos hace maravillosamente humanos.

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Ilustración de Lyona

Volviendo a “los monstruos molan”, molan tanto porque son la expresión de las obsesiones más profundas de quien los inventa. Cada uno tenemos un monstruo (o varios) propio, irrepetible, que simboliza nuestros límites y nos invita a sobrepasarlos. Un monstruo no es un fantasma, a los fantasmas es mejor no darles la mano, porque acaban por llevarse toda la energía y la vitalidad como si fuesen dementoresEn cambio, caminar junto a nuestros monstruos particulares nos hace fuertes.

Ilustración de Edward Gorey
Ilustración de Edward Gorey

Mirarlos a la cara de frente, dibujarlos, ponerles un nombre, bailar con ellos, castigarles debajo de la cama… Negarlos o negar que están ahí solo sirve para cimentar una inseguridad brutal y eso, aunque no lo parezca, sí debería darnos miedo.

Sublimación de la gravedad: “Interestelar”

Después de haber visto (y disfrutado) la trilogía de Batman de Christopher Nolan, ves el trailer de Interstellar (2014) y se te hace la boca agua.  Y con razón. En mi caso, que soy muy fan de El Caballero Oscuro (2008) y del trabajo de Nolan con el superhéroe, fui al cine sin dejarme influir ni por las críticas que la tachaban de impresionante, ni por las que decían que se trataba de una versión light de 2001: Odisea en el espacio (1968), la película de Kubrick contada para tontos es la cita textual de alguien. En cambio, la vorágine de comentarios que hubo en las redes sociales después de su estreno sí me hizo pensar que no se trataba de una cinta de usar y tirar. Y no me equivocaba.

El contexto: Un planeta Tierra ambientado en una época anacrónica, en un futuro apocalíptico, en el que  la vida humana peligra en La Tierra. Pero no se trata de un escenario manido con constantes lugares comunes sobre grandes catástrofes, en realidad es un mundo sucio, en el que se requieren agricultores y granjeros porque escasea la comida, porque el suelo se rebela contra el hombre y le ataca con continuas tormentas de polvo y arena y cosechas perdidas. La ingeniería y la cuantificación técnica no están valoradas, no son necesarias y, en esta regresión del ser humano, nos encontramos al protagonista, un Matthew MacConaughey inmenso.

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El ex ingeniero de la NASA que se convierte en agricultor: Esta es la historia de cómo un actor que pasaba sin pena ni gloria por un sinfín de películas horteras se acaba convirtiendo en uno de los que más respeto nos merecen. MacConaughey es EL ACTOR del momento y si te dejó out con True Detective (2014), después de ver Interstelar solo vas a querer aplaudirle. Ahora es un granjero que cultiva cereal, consciente de la dificultad de la supervivencia pero obsesionado con la ciencia. En otro tiempo trabajó para la NASA y, cuando descubre las coordenadas del lugar en el que la organización trabaja clandestinamente, cruza el umbral para no volver a salir nunca. Se embarca en la misión de viajar a otra galaxia en busca de un posible planeta habitable para los hombres, con la esperanza de que sus hijos puedan salvarse del fin del mundo. Entonces comienza una aventura espacial, ciencia ficción en su estado más salvaje, que toca la teoría de cuerdas y la percepción del espacio tiempo en un acercamiento a la física cuántica que provoca una reflexión en corrientes circulares (sí, como la canción de Los Planetas).

Lo cierto es que el final no me gustó demasiado, pero por escoger un cierre azucarado no voy a tirar por tierra toda la película, porque la disfruté. Mucho. Cada secuencia, con la música elevándose para dejar paso a  silencios aplastantes, como la gravedad. Así que si me preguntan diré aquello de “tienes que verla” porque, te guste o no, es una de las imprescindibles del año.

¿Soñaste con un parque de atracciones? Déjalo en manos de Wes Anderson

Para aquellas personas que tienden a la abstracción y a vivir al otro lado de los límites de lo real, los planes que tiene Wes Anderson en mente serán la mejor noticia que han leído esta semana:

http://www.playgroundmag.net/noticias/actualidad/Bienvenidos-Wes-Anderson_0_1420657933.html

Yo hoy voy a dormir soñando con una montaña rusa estilo hindú y con que un botones de principios de siglo me venderá un algodón de azúcar gigantesco que seguramente pegaré sin querer en el bigote de un señor con monóculo. Luego me vestiré de oso y viajaré en un submarino con mis amigos anacrónicos (y con Bill Murray, claro).

No conozco a Miyazaki. Y sin embargo le quiero

Desde que era muy pequeña, mi madre me traía películas de Hayao Miyazaki que alquilaba en el videoclub (sí, ahora suena muy vintage ). Ella no lo hacía porque fueran de Miyazaki y yo todavía no sabía lo que era Japón entonces. Pero recuerdo cómo me sentí cuando vi Mi vecino Totoroque se convirtió en una de mis películas preferidas, jugaba a encontrarlo  en los árboles y fingía que lo veía y hablaba con él. Engañaba a mi prima pequeña y le decía que estaba escondido entre las ramas de un moral muy frondoso y muy antiguo por el solíamos trepar. Y, solo con imaginarlo y representarlo, llegaba a creérmelo y tenía la impresión de que había algo misterioso y mágico en la vida real que a los adultos se les escapaba.

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Siendo pequeña también solía ver Porco Rosso que me gustaba especialmente porque era un cerdo persona. Y sigo sintiendo esa debilidad por los animales humanizados. 

Así que crecí con Miyazaki muy presente, y me sorprendió bastante descubrir durante el primer año de carrera que era prácticamente un director de culto. Por supuesto fingí conocer lo importante que era aunque no tenía ni idea. Entonces empecé a verlo con otros ojos, a seguir su trayectoria y a esperar sus películas con impaciencia. El universo Miyazaki engancha. Con Chihiro llegué a identificarme tanto, que hasta me veía parecido físico y también me enamoré un poco de Howl, el mago de El castillo ambulante.

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La última, El viento se levanta, me resultó tan realista que salí un poco molesta del cine. Ciertamente me gustó, pero no se hizo la magia esta vez. Entonces pensé: “Mierda, ¿me he hecho mayor?”

Probablemente sí, pero puedo decir que he crecido con el universo Miyazaki y por eso quizá me río cerrando mucho los ojos y abriendo mucho la boca. Y Mi vecino Totoro sigue siendo una de mis películas preferidas y Chihiro sigue teniendo un aire a mí (no quiero contradicción) y Howl será siempre el mago perfecto. Así que aún queda esperanza para creer que hay algo misterioso y mágico en la vida real que a los adultos se nos (les) escapa.