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“Aniquilación”, la joya de Ciencia Ficción que no verás en el cine

Cuando Álex Garland ideó Aniquilación (2018) y la llevó a cabo, no sabía que su distribución internacional se realizaría en la plataforma Netflix. El director asegura que no tiene nada en contra de la pequeña pantalla pero que, de haber sabido que medio mundo la vería a través de sus ordenadores, la hubiese concebido y rodado de manera distinta. Fue cosa de la productora, Paramount, que consideró esta adaptación de la novela de Jeff Vandermeer “complicada” para que el gran público la entendiera. Por eso vendió los derechos a Netflix y ahora todo el mundo puede disfrutarla en el salón de su casa o donde prefiera. Es una lástima que nos hayan privado de verla en la gran pantalla porque la apuesta estética es soberbia.

La historia narra cómo el ejército ha detectado la aparición de the shimmer (el resplandor) una suerte de campo de fuerza, originado por la caída de un elemento del espacio exterior, que se extiende día tras día.  Todos los equipos de investigación y militares que se han aventurado dentro de ese área desaparecen. Excepto un militar (Oscar Isaac) que regresa con una actitud muy extraña . Su mujer (Natalie Portman), ex militar y además bióloga, formará parte de una nueva expedición para averiguar qué sucede con ese fenómeno. En este equipo, y esto sí es una novedad, solo hay mujeres (Jennifer Jason-Leigh, Tuva Novotny, Tessa Thompson y Gina Rodriguez). Abro paréntesis aquí para realizar un apunte: tener un reparto femenino y además presentando variedad étnica y sexual sin que esto constituya el eje central de la trama, no es que provoque que la película en sí sea mejor o peor, pero es una apuesta valiente en un género que suele estar comandado por hombres y, por tanto, marca una diferencia.  Volviendo a la historia, la expedición descubre que en la zona que abarca el resplandor se están produciendo mutaciones genéticas que afectan a cualquier ser vivo que se encuentre dentro del área. Esto dará lugar a escenas de gran tensión y tendrá consecuencias imprevistas.

La trama se desarrolla en tres tiempos, el presente y dos momentos del pasado a través de la mirada de la protagonista. La construcción del personaje principal que interpreta Natalie Portman es quizá el aspecto que más cojea en la cinta, porque el espectador no llega a identificarse con ella ni a comprender sus motivaciones, aunque, lo que en un primer momento parece un arrebato romántico en ella, derivará en la más pura redención y expiación de la propia culpabilidad. El ritmo de la película tampoco ha gustado a quienes esperaban sobresaltos y un gran despliegue de acción, porque estamos ante una narración de ritmo sintético más pausada y reflexiva. Poco frecuente (o tal vez no tanto) en el cine de este género.

En cuanto a la atmósfera que genera, Garland no ha dejado nada al azar, cada elemento que configura el universo de “Aniquilación” tiene un sentido y un por qué y los efectos visuales se despliegan exuberantes pero contenidos, para no empachar al espectador. No hay nada de más, todo proporciona información al espectador sobre lo que está viendo. En definitiva, una película notable del género que, por suerte y por desgracia, solo podremos ver en la pequeña pantalla. Eso sí, desde el día 12 de marzo está al alcance de cualquiera en Netflix.

 

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Lovesick, ya en Netflix para maratonear

Después de ver todas las series de visión obligada que ofrece Netflix, muchos de ellos en tiempo récord como me ha ocurrido con la inmensa Master of none, llegó ese momento de vacío repasando todo el catálogo sin ser capaz de decidirme por ninguna (las sugerencias de compatibilidad que señalaba para mí la plataforma no acertaban). Y, de pronto, sin haber leído ninguna reseña y sin tener ideas preconcebidas sobre Lovesick, me la encontré y pulsé ok. Acierto.

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Evie (izq.), Dylan y Luke

Esta serie inglesa, cuya tercera temporada acaba de estrenarse en enero en Netflix, tiene un punto de partida que a todo buen seriéfilo le atraerá por ser un poco gamberro: El protagonista, Dylan (Johnny Flynn) descubre que padece una enfermedad de transmisión sexual y emprende la tarea de localizar a todas las mujeres con las que se ha acostado durante los últimos años para advertirles de que podrían haberla contraído. La trama se desarrolla a través de los flashbacks de cada una de esas relaciones intercalados con el momento presente, permitiendo conocer en profundidad a cada personaje y entendiendo qué sucesos del pasado les han llevado a ser lo que son en la actualidad. Pero Lovesick ofrece mucho más que la ajetreada vida sentimental de Dylan y es más que su historia con Evie (Antonia Thomas) y eso es gracias a los maravillosos personajes Luke (Daniel Ings), el mejor amigo de Dylan y Evie con quien comparten piso, y Angus, (Joshua McGuire).

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Angus (izq.), Dylan, Evie y Luke

Sabemos que la fórmula del grupo de amigos jóvenes que convive y que no tiene muy claro hacia dónde encaminar su vida, funciona. En este caso, funciona muy bien. Porque añade otros dos ingredientes que también son un éxito: la historia de amor “imposible” entre Dylan y Evie, estirándose como un chicle, y un aliño indispensable, el humor. A todo ello se suma una realización sin pretensiones, íntima, personajes humanos, lejos de la idealización y distanciados de los cánones habituales. Cada episodio es una pildorita de menos de media hora que además incluye un repertorio musical de muy buen gusto. No adoctrina, no es pretenciosa, no vende humo. Es un retrato cómico y trágico de las emociones humanas, de las dudas, de los errores, del proceso de madurar

La recomiendo porque sé que os hará felices durante el ratito (o ratazo) que paséis viéndola.

Amar y odiar a Alyssa. Y necesitarla

Una de las sorpresas que me ha traído Netflix este año es la serie The end of the fucking world (2017). Creo que asistimos a la edad de oro de las series y llevo un tiempo consumiendo obras de mucha calidad, pero esta ha captado mi atención, sobre todo, por el personaje femenino protagonista, Alyssa (interpretado por Jessica Barden). En esta reformulación postmoderna de Bonnie and Clyde, Alyssa no solo es adorable e insoportable al mismo tiempo, es hoy necesaria.

Aunque su compañero masculino o partner in crime, James (Alex Lawther), es quien arranca la trama, el personaje de Alyssa es el motor de cada acción y quien reivindica sin caer en lugares comunes ni en discursos pretenciosos el empoderamiento femenino. Es difícil pasar por alto la naturalidad con la que le viene la regla en medio de ninguna parte y sin disponer de tampones, ni compresas, ni dinero. Cómo se aleja de estereotipos y la vemos comiendo, engullendo y disfrutando de su glotonería sin estereotipar. O cómo es ella la que, en dos ocasiones, se niega a practicar sexo en el último momento y cómo los chicos respetan su decisión. Porque no es no. Y quien se pasa de la ralla acaba en el hoyo.

También sus looks son maravillosos porque acompañan su arco de transformación personal. Añade y se desprende de ciertas prendas y cambia su color de pelo según avanza la narración y le van sucediendo acontecimientos que cambian su forma de ser-en-el-mundo y, por tanto, su aspecto.

No diré que la serie, disponible en Netflix, ofrezca algo original porque cada escena la hemos visto antes. Hemos contemplado a James y Alyssa en Pulp Fiction (1994), en Submarine (2010), en Dexter (2006-2013) o, como mencionaba al principio, en la historia de los prófugos Bonnie and Clyde. Con otros rostros, en otras circunstancias y en otro tiempo. Sin embargo, la suma de todo ello en la serie ha dado como resultado una combinación ganadora.

Tampoco negaré que decepciona conocer en profundidad a los personajes y asistir con cierto pesar al desvanecimiento de sus máscaras, tras las que solo se esconden dos adolescentes inadaptados y problemáticos, con sus miedos e inseguridades. Como todos, solo que elevando hasta el absurdo cada planteamiento y haciendo de cada secuencia algo esperpéntico que engancha. Y esa fascinación la provoca, en un 90%, Alyssa. Queremos más personajes femeninos de ficción así. O más ficciones con personajes femeninos como ella.

Sublimación de la gravedad: “Interestelar”

Después de haber visto (y disfrutado) la trilogía de Batman de Christopher Nolan, ves el trailer de Interstellar (2014) y se te hace la boca agua.  Y con razón. En mi caso, que soy muy fan de El Caballero Oscuro (2008) y del trabajo de Nolan con el superhéroe, fui al cine sin dejarme influir ni por las críticas que la tachaban de impresionante, ni por las que decían que se trataba de una versión light de 2001: Odisea en el espacio (1968), la película de Kubrick contada para tontos es la cita textual de alguien. En cambio, la vorágine de comentarios que hubo en las redes sociales después de su estreno sí me hizo pensar que no se trataba de una cinta de usar y tirar. Y no me equivocaba.

El contexto: Un planeta Tierra ambientado en una época anacrónica, en un futuro apocalíptico, en el que  la vida humana peligra en La Tierra. Pero no se trata de un escenario manido con constantes lugares comunes sobre grandes catástrofes, en realidad es un mundo sucio, en el que se requieren agricultores y granjeros porque escasea la comida, porque el suelo se rebela contra el hombre y le ataca con continuas tormentas de polvo y arena y cosechas perdidas. La ingeniería y la cuantificación técnica no están valoradas, no son necesarias y, en esta regresión del ser humano, nos encontramos al protagonista, un Matthew MacConaughey inmenso.

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El ex ingeniero de la NASA que se convierte en agricultor: Esta es la historia de cómo un actor que pasaba sin pena ni gloria por un sinfín de películas horteras se acaba convirtiendo en uno de los que más respeto nos merecen. MacConaughey es EL ACTOR del momento y si te dejó out con True Detective (2014), después de ver Interstelar solo vas a querer aplaudirle. Ahora es un granjero que cultiva cereal, consciente de la dificultad de la supervivencia pero obsesionado con la ciencia. En otro tiempo trabajó para la NASA y, cuando descubre las coordenadas del lugar en el que la organización trabaja clandestinamente, cruza el umbral para no volver a salir nunca. Se embarca en la misión de viajar a otra galaxia en busca de un posible planeta habitable para los hombres, con la esperanza de que sus hijos puedan salvarse del fin del mundo. Entonces comienza una aventura espacial, ciencia ficción en su estado más salvaje, que toca la teoría de cuerdas y la percepción del espacio tiempo en un acercamiento a la física cuántica que provoca una reflexión en corrientes circulares (sí, como la canción de Los Planetas).

Lo cierto es que el final no me gustó demasiado, pero por escoger un cierre azucarado no voy a tirar por tierra toda la película, porque la disfruté. Mucho. Cada secuencia, con la música elevándose para dejar paso a  silencios aplastantes, como la gravedad. Así que si me preguntan diré aquello de “tienes que verla” porque, te guste o no, es una de las imprescindibles del año.

¿Soñaste con un parque de atracciones? Déjalo en manos de Wes Anderson

Para aquellas personas que tienden a la abstracción y a vivir al otro lado de los límites de lo real, los planes que tiene Wes Anderson en mente serán la mejor noticia que han leído esta semana:

http://www.playgroundmag.net/noticias/actualidad/Bienvenidos-Wes-Anderson_0_1420657933.html

Yo hoy voy a dormir soñando con una montaña rusa estilo hindú y con que un botones de principios de siglo me venderá un algodón de azúcar gigantesco que seguramente pegaré sin querer en el bigote de un señor con monóculo. Luego me vestiré de oso y viajaré en un submarino con mis amigos anacrónicos (y con Bill Murray, claro).

No conozco a Miyazaki. Y sin embargo le quiero

Desde que era muy pequeña, mi madre me traía películas de Hayao Miyazaki que alquilaba en el videoclub (sí, ahora suena muy vintage ). Ella no lo hacía porque fueran de Miyazaki y yo todavía no sabía lo que era Japón entonces. Pero recuerdo cómo me sentí cuando vi Mi vecino Totoroque se convirtió en una de mis películas preferidas, jugaba a encontrarlo  en los árboles y fingía que lo veía y hablaba con él. Engañaba a mi prima pequeña y le decía que estaba escondido entre las ramas de un moral muy frondoso y muy antiguo por el solíamos trepar. Y, solo con imaginarlo y representarlo, llegaba a creérmelo y tenía la impresión de que había algo misterioso y mágico en la vida real que a los adultos se les escapaba.

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Siendo pequeña también solía ver Porco Rosso que me gustaba especialmente porque era un cerdo persona. Y sigo sintiendo esa debilidad por los animales humanizados. 

Así que crecí con Miyazaki muy presente, y me sorprendió bastante descubrir durante el primer año de carrera que era prácticamente un director de culto. Por supuesto fingí conocer lo importante que era aunque no tenía ni idea. Entonces empecé a verlo con otros ojos, a seguir su trayectoria y a esperar sus películas con impaciencia. El universo Miyazaki engancha. Con Chihiro llegué a identificarme tanto, que hasta me veía parecido físico y también me enamoré un poco de Howl, el mago de El castillo ambulante.

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La última, El viento se levanta, me resultó tan realista que salí un poco molesta del cine. Ciertamente me gustó, pero no se hizo la magia esta vez. Entonces pensé: “Mierda, ¿me he hecho mayor?”

Probablemente sí, pero puedo decir que he crecido con el universo Miyazaki y por eso quizá me río cerrando mucho los ojos y abriendo mucho la boca. Y Mi vecino Totoro sigue siendo una de mis películas preferidas y Chihiro sigue teniendo un aire a mí (no quiero contradicción) y Howl será siempre el mago perfecto. Así que aún queda esperanza para creer que hay algo misterioso y mágico en la vida real que a los adultos se nos (les) escapa.

Después de Spike Jonze y Wes Anderson, llegó la obsesión

Hace solo una semana salí maravillada del cine después de ver El gran Hotel BudapestLa película me dejó tan contenta, tan obsesionada con las propias obsesiones de Wes Anderson, que volví a verla solo cuatro días después. Esa segunda vez la chica que vende palomitas en los cines me regaló un cartel de otro películón que también ha trastornado mis sentidos, Her.  Entonces caí en la cuenta de que me sucede algo parecido al “Síndrome de Stendhal” con algunas películas y que últimamente los colores rosas, rojos, violetas y azules llaman poderosamente mi atención.

El gran Hotel Budapest, delicia…

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Por supuesto tengo que aludir también a las ilustraciones de Lyona Ivanova que son geniales y, curiosamente, (casi) todo son rosas y azules. No me pueden gustar más.

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Así que ahora el universo ha cambiado un poquito.

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Baratometrajes 2.0. Reflexiones sobre el cine made in Spain

El jueves pasado estuve en Ámbito Cultural de Callao en el ciclo “Protagonistas de la Cultura” en el que cuatro productores todoterreno contaron en primera persona cuál es la situación del cine español, cómo es la aventura de hacer una película y qué opinan de la industria. Moderados por Begoña Minguito, a la mesa se sentaron Tina Olivares, Borja Echevarría, Jorge Naranjo y Daniel San Román. Todos ellos han escrito, dirigido y producido algún largo (aparte de cortometrajes, videoclips, guiones para series de TV…) y todos a su vez tienen una presencia notable en el documental Baratometrajes 2.0 (Dani San Román lo produce y dirige junto a Hugo Serra). 

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Después de escucharles hablar, una chica del público aludió a que la charla había girado más en torno al dinero que a la cultura o el arte. Quizá tuviera razón, pero lo cierto es que cada uno de los invitados estaba allí en calidad de productor y es una función que ha recaído en todos como una obligación, dado que sus películas no han sido subvencionadas de ninguna manera.

Yo defiendo con uñas y dientes el cine hecho en España, pero me enfada el “cine español”. ¿Parece lo mismo? No lo es. El cine que se está haciendo en España poco o nada tiene que ver con la trasnochada imagen que proyectan las películas que sí llegan al público generalista, que tienen dinero público y privado o que obedecen al gusto de los empresarios de Tele5 o Intereconomía por ejemplo… Recupero en este punto las palabras del blog CeComunica de Cutfilms sobre Almodóvar:

“Porque a Almodóvar sí le otorgan gustosamente todas las subvenciones públicas, cuando no solo no le hacen falta, sino que podría solicitar financiación privada y ningún empresario se negaría a dársela.”

Esta idea que expuso el genial Borja Echevarría en el coloquio, explica un poco por qué siento cierta aversión al director manchego. En mi opinión su cine tuvo mucho sentido y sobradas razones para ser venerado cuando en España hacía falta ese tipo de transgresión y subversión. Películas mal hechas pero que transpiraban una frescura espontánea y eran un revulsivo a la mentalidad cerril de toda una generación. Ahora Almodóvar se ha convertido en una caricatura de sí mismo, en un pretendido y pretencioso “genio” que, desde mi punto de vista, se quedó a las puertas de serlo. Salvo alguna excepción, sus personajes adolecen de un aire trasnochado y de una vulgaridad tan buscada y estudiada, que no consiguen ser creíbles. El chovinismo gratuito encumbra a este director en lo más alto del cine patrio, qué pena. Y es que, la mayoría de los jóvenes y muchos mayores están hartos de clichés sobre España y demandan otra cosa en la gran pantalla. Puede que ese aspecto “sucio” de nuestro país sea lo que tanto gusta en el extranjero pero mucho me temo que hablar del “universo Almodóvar” es hacerlo de unos estereotipos superados por nuestra generación gracias a Dios, pero muy exóticos para los americanos, por ejemplo. No obstante, negar que tiene talento sería faltar a la verdad. La dirección artística es sublime en sus películas y el gusto estético es genial por rebasar el límite de lo kitsch. Pero lo siento, ver a Penélope Cruz (una de las actrices más sobrevaloradas de la historia, todo sea dicho) haciendo pis no es transgresor, ni simbólico, ni innovador. Solo es vulgar.

Pero vuelvo al tema central, la mayor parte del talento en nuestro país se está moviendo fuera de los cauces tradicionales de distribución. Esto quiere decir que muchos realizadores ni siquiera intentan colocar sus películas en los canales habituales porque saben que es imposible que en España alguien apueste por algo diferente. El caso del cortometraje ya es un tema aparte, tan ninguneado que incluso en la Gala de los Premios Goya se permitieron hacer un chiste fácil cuando llegó la hora de premiarlo ¡¡Y eso que la única representación española que hubo este año en los Oscar fue la del corto Aquel no era yo!! La grata sorpresa ha sido que la maravillosa Stockholm llegara a las salas, que tuviera presencia en los Goya y que el DVD se agote continuamente en numerosos puntos de venta. Eso sí es una proeza en cuanto a labor de producción se refiere. Como las que llevan a cabo los outsiders del cine español, esos a los que podemos escuchar y conocer en Baratometrajes 2.0, algunos de los cuales se sentaron a contarnos su experiencia en Ámbito Cultural el pasado jueves.

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Todos coinciden en que embarcarse a hacer una película sabiendo que todos los procesos van a recaer en una sola persona es una locura, todos dicen que no volverían a hacerlo de forma tan impulsiva pero todos saben que el cine es su pasión, y que las pasiones no se eligen. Yo apuesto por ellos, por los que de verdad están innovando en cuanto a líneas argumentales, tramas y técnicas narrativas, los que están haciendo cine calidad con pocos recursos, los que están apartados y excluidos (voluntaria o involuntariamente) de las salas.

El documental Baratometrajes 2.0 profundiza en los creadores independientes, las producciones al margen de la industria en España, los canales de distribución que ofrecen nuevas posibilidades y que satisfacen la demanda de un público nuevo, digital, acostumbrado a buscar nuevos contenidos en la red. Por eso Baratometrajes 2.0 también habla de futuro, intenta trazar las líneas del camino que seguirá el cine a partir de las reflexiones de sus protagonistas, los cineastas. Este viernes 4 de Abril se estrena en varias plataformas a la vez y durante los días 4, 5 y 6 se puede ver en la Cineteca del Matadero de Madrid en pantalla grande. Si tienen la oportunidad, no se lo pierdan. Les puedo asegurar que es absolutamente inspirador.

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Her: Ética y estética de una futura película de culto

Es imposible abordar Her (2013) de Spike Jonze sin hablar de la perfecta comunión entre ética y estética. Si a ti, lector, no te gustó la película es mejor que no sigas leyendo, porque esto lo firma una incondicional de Jonze que, además, salió de la sala enamorada después de haber visto Her.

Mi affair con esta cinta empezó cuando vi el cartel, a tamaño gigante, en los cines de Callao. Lo observaba a diario con esos tonos, el gesto de Joaquin Phoenix  y sus ojos. Me parecía una presentación perfecta de la insignificancia del individuo y de su enormidad.

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Y es que el discurso de la película es, sobre todo, humano, de hecho, definiría el guión de Spike Jonze como una reivindicación de lo humano. Todo ello en un contexto futurista indefinido, anacrónico, en el que la tecnología ha alcanzado un desarrollo espectacular y es imprescindible para la actividad diaria, pero en el que la personas siguen siendo igual de imperfectas y siguen cometiendo los mismos errores una y otra vez. Imaginaos esa sociedad cada vez más deshumanizada e individualista, que condena al hombre y a la mujer al aislamiento y a la ipseidad, en la que sin embargo continúan aflorando con toda su intensidad emociones como el amor, la nostalgia, los celos, la soledad y el afectoLa capacidad de soñar y de intentar cumplir los propios sueños. Pero también el hombre siendo consciente de que es un problema para sí mismo. 

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No es casual que nuestro protagonista Theodor (magníficamente encarnado por Joaquin Phoenix, en el que quizá sea uno de los mejores papeles de toda su carrera), acuda a su mejor amiga cuando necesita desahogarse, hablar, human to human. Exactamente igual que ha sucedido a lo largo de los siglos: Las personas necesitan a otras personas para compartir sus experiencias vitales, sus preocupaciones, sus inquietudes y sentir el contacto físico como una forma de acercamiento y transmisión de sus emociones. Esto es algo que la tecnología no puede resolver, ni siquiera en el futuro que plantea Jonze.

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A priori podría parecer que el planteamiento intenta abrir el debate sobre la inteligencia artificial y es posible abordar el guión desde esta perspectiva, pero sería injusto simplificarlo todo a la eterna discusión sobre este tema. Porque es un texto con tantísimos matices, metalenguaje y riqueza simbólica, que el epicentro de esta obra no debería resumirse de forma tan burda.

Hay una escena en la que Theodor está hablando con su sistema operativo inteligente (la conciencia) y aparece su ahijada de cuatro años. La niña le pregunta a Samantha (el sistema operativo) que dónde está. Samantha responde que en el ordenador, que vive dentro del ordenador. La niña se ríe y le contesta que ella vive en una casa. Esa niña no juzga, simplemente acepta la respuesta. ¿Cuánto perdemos cuando dejamos de ser niños? Perdemos la capacidad de aceptar los hechos desde la parte observante de nuestro cerebro para empezar a utilizar continuamente la parte que juzga los hechos. Dejamos de aceptar para comenzar a imponer condiciones y nos creemos con derecho a utilizar términos como raro, normal, correcto o incorrecto. ¿Qué es lo correcto? Igual que es imposible definir lo raro cuando a personas se refiere, porque todos somos diferentes, vulgares, corrientes, extravagantes, estar vivo implica un estado dinámico, avanzar o retroceder pero siempre en una situación de cambio y evolución. Eso ya lo dice Spike Jonze a través de la voz de Samantha.

No voy a decir que es una película original por el tema central que desarrolla. Pero sí defiendo su novedosa y rompedora forma de tratar un lugar común para todos, una línea argumental manida y muy básica: El amor imposible. En un contexto de ciencia ficción, narrando el día a día de un hombre cualquiera, con toda su complejidad interna, sin demostraciones efectistas, ni extravíos literarios, ni adornos gratuitos. Como el documental que está editando la mejor amiga de Theodor (Amy Adams) sobre el tiempo que las personas pasan durmiendo. No tiene por qué recrear ficciones sobre lo que sueña su madre (en la película es el objeto grabado para el documental), como sugiere su marido. Eso sería faltar a la esencia más pura de aquello sobre lo que quiere transmitir al espectador, entreteniéndole con un discurso fácil, narrando a nivel manifiesto en vez de apelar a los niveles en los que el público debe implicarse y adentrarse para sobreentender y así comprender.  Una auténtica declaración de principios de nuestro guionista y director Spike Jonze.

El escenario con todo su colorido, es un personaje en sí mismo. Cada espacio es parte de los personajes que lo habitan y le dan un sentido, un color. Un ambiente urbano que recuerda mucho a Lost in TranslationSiempre el hombre como un ser aislado (por el motivo que sea, idioma, trauma, depresión, etc.) de su entorno y, sin embargo, formando parte integrante e imprescindible de ese entorno.

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El hombre como parte de algo más grande que él mismo, a pesar del individualismo y del egoísmo feroz al que tendemos cada vez más deprisa. Pero esto tampoco es una idea mía, también nos la cuenta Spike Jonze con la voz de Joaquin Phoenix.

¿La filmografía de este director se estudia ya en las facultades de Comunicación Audiovisual? Porque la incluiría también en las de Filosofía. Sé que muchos pensáis como yo y que esta será una película de culto en algún momento. Lo veremos. O no.

Algunas razones por las que queremos (mucho) a Bill Murray

1. Porque fue un icono de los 80 y de nuestra infancia, encarnando a uno de los inolvidables y adorados Cazafantasmas (Gosthbusters, 1984)

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2. El look y las caras de Bill Murray en Los fantasmas atacan al jefe (Scrooged, 1988) son totales.

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3. Porque protagonizó Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993) y, digan lo que digan, es una película de culto de la que todos nos acordamos.

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4. Tiene un papel en uno de los mejores trabajos de Tim Burton, Ed Wood (Ed Wood, 1994). Otra película de culto que ensalza a un verdadero antihéroe (aunque no lo protagonice Murray).

5. Ha aceptado proyectos tan frikis como Life Aquatic (2004), llevando con toda dignidad un estúpido gorrito rojo durante toda la película.

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6. Se ha parodiado a sí mismo sin complejos y con resultados geniales en títulos (también bastante frikis) como Coffe and cigarrettes (2003) y Bienvenidos a Zombieland ( Zombieland, 2009). En esta última protagoniza la secuencia más brillante de todas: Es el ídolo del enorme Woody Harrelson y, cuando se disfraza de zombie para gastar una broma, lo matan de la forma más estúpida. Un momento mágico.

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7. Siendo bastante maduro enamoró a Scarlett Johanson y al público en general en Lost in Translation (2003). A todos nos dolió un poquito que no se llevara el Oscar.

8. Reconoció en una entrevista con toda naturalidad que aceptó trabajar en Garfield (2004) porque cuando leyó el guión y vio que lo firmaba Joel Cohen, se confundió y creyó que se trataba en realidad de los hermanos Coen. ¡Bravo Bill!

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